Hay que saludase!

martes, junio 26, 2007

UN EXPERIMENTO IMPORTANTÍSIMO

Leí hace poco un artículo científico muy interesante en una revista. La revista se llamaba "Artículos Científicos Muy Interesantes" y el artículo en cuestión se titulaba "Artículo Científico número 7". Trataba sobre los resultados de un experimento llevado a cabo por un selecto grupo de ochocientos cincuenta y tres mil reputados biólogos, científicos, médicos y demás fauna dedicada al estudio del cuerpo humano (incluido un chino). El objetivo del experimento era determinar cuál es la parte del cuerpo humano más importante. El criterio y metodología empleados para medir y determinar la importancia de cada parte del cuerpo humano eran sencillos, a saber: los biólogos, científicos médicos y demás miembros del grupo de reputados biólogos, científicos, médicos y demás fauna dedicada al estudio del cuerpo humano en cuestión (a los que llamaremos, los/las "Experimentadores/as") maniatarían a la víctima de sus experimentos (a quien llamaremos, el/la "Experimentado/a") y se dedicarían a extirparle una parte del cuerpo (a la que llamaremos, la "Parte del Cuerpo Humano") de tal manera que la importancia de dicha Parte del Cuerpo Humano vendría dada, de forma inversamente proporcional, por el tiempo empleado por el/la Experimentado/a en fenecer tras la extirpación.

Como podréis imaginar, el experimento requirió de una elevada cifra de Experimentados/as (voluntarios y no voluntarios) y se prolongó durante varios siglos... cosa lógica, por otra parte, si tenemos en cuenta que:

(1) a fin de asegurar la pureza y exactitud de los resultados, los/las Experimentadores/as decidieron que únicamente se extirparía una Parte del Cuerpo Humano por cada Experimentado/a; y

(2) que, dependiendo de la Parte del Cuerpo Humano de que se tratara, la muerte podía tardar en sobrevenirle al/a la Experimentado/a varios años o incluso décadas. Por ejemplo -contaba el artículo- hubo un Experimentado de 18 añitos recién cumplidos, al que los/las Experimentadores/as le extirparon las cejas y que tardó en morir más de 100 años... y no fue el único caso de un/una Experimentado/a que llegaba a ser centenario/a. Por suerte, el experimento suscitó tal expectación en el mundillo de la ciencia, el famoseo y la farándula que nunca faltó el dinero -ese vil metal- para financiar la insensata duración del experimento.

Sin embargo, al problema de la excesiva duración del experimento, se le unía, además, el hecho de que normalmente, para cuando el/la Experimentado/a finalmente se dignaba a morirse, los/las Experimentadores/as responsables hacía ya largo tiempo que habían muerto llevándose a la tumba sus notas del experimento (es bien conocido el celo de los/las Experimentadores/as con respecto al resultado de su obra) por lo que los/las Experimentadores/as contemporáneos a la muerte del/de la Experimentado/a albergaban severas dudas sobre si la causa de la muerte del/de la Experimentado/a había sido realmente la extirpación de la Parte del Cuerpo Humano en cuestión (la cual, por otra parte, tampoco tenían ni la más remota idea de cuál era) o el mero transcurso del tiempo y la vejez que a éste acompaña.

En total, que al final los/las Experimentadores/as, movidos/as a partes iguales por la duda razonable que les atormentaba y por el rigor que ellos mismos se autoexigían, se veían forzados/as a anular y volver a repetir el experimento en casi todas las ocasiones. Obviamente, al repetir el experimento el resultado era idéntico: la anulación y repetición del mismo. Se entró entonces en una espiral dentro de un círculo vicioso y el experimento pasó a parecerse más a una pescadilla que se muerde la cola que a un experimento científico. Debido a este contratiempo, más de 2.500 Experimentados/as fueron sacrificados/as en vano y otros/as tantos/as Experimentadores/as se volvieron locos/as de atar (pasando a adquirir automáticamente la condición de Experimentados/as). Y así se perdieron más de 500 años...

De este modo se mantuvo estancado el experimento hasta que a un Experimentador lumbreras (el chino) se le ocurrieron un par de soluciones, a saber: el problema de la duda razonable fue despachado fácilmente cuando el chino propuso que en el momento en que existiesen 2 Experimentados/as muertos/as a los que se les hubiese extirpado la misma Parte del Cuerpo Humano, la muerte sería atribuida, sin el menor pestañeo o temblor de pulso, a la extirpación y, por tanto, el resultado sería plenamente válido para el experimento, sin importar el tiempo que hubiese tardado la muerte en entrar a escena. En caso de que el tiempo de la muerte variase de uno a otro Experimentado/a, se aplicaría el CTMA ("Complejo Teorema de la Media Aritmética") y santas pascuas. Sin duda por su rigurosísima base científica, el criterio del chino fue aplaudido e inmediatamente aceptado y puesto en práctica por el resto de Experimentadores/as.

El otro problema (el tiempo que tardaban algunos/as Experimentados/as en morir) se solucionó gracias a una idea (de otro chino) quizá no tan sutil como la anterior pero, sin duda, igual de brillante y eficaz: se pasó a elegir Experimentados/as de avanzada edad, con lo que se redujo sorprendentemente el tiempo de vida de los/las Experimentados/as quienes, de la noche a la mañana, pasaron a caer como moscas, acelerándose espectacularmente el ritmo de las muertes y con ello el del experimento. Todo iba, pues, viento en popa. Pero los/ Experimentadores/as eran ambiciosos/as y competitivos/as así que, tratando de superar su propio record, pasaron a utilizar como Experimentados/as a vejetes con salud precaria y así sucesivamente hasta que el grupo de Experimentados/as se convirtió en un club selecto que sólo admitía a enfermos terminales.

En total, que con estas medidas los/las Experimentadores/as tardaron un periquete en finalizar su experimento.

Resultado final del experimento: Según los/las Experimentadores/as, los resultados del experimento confirmaron que la Parte del Cuerpo Humano más importante es la espalda (2.1 segundos tardó en morir el Experimentado - un viejecito de 98 años- cuando le extirparon la espalda), seguida de cerca por la parte interior de las rodillas (cuando se las quitaron y la pusieron de pie, la Experimentada -una prostituta retirada y minusválida de 93 años de edad- perdió el equilibrio y cayó con tan mala suerte que se desnucó. Su tiempo: 3,2 segundos). Concluyente.

He dicho!

GANADOR

Yo soy un ganador. Nato. Vamos, que nací ganador. Y os diría que moriré ganador si no fuera porque morirse es de perdedores. Y yo soy un ganador. Es muy probable, pues, que yo no muera nunca. Eso sí que es de ganadores.

Ya desde pequeñito no hice más que ganar y ganar. De hecho, gané la primera carrera en la que participé, cuando era espermatozoide. Luego me reputé nacido y seguí ganando de todo. No iba a la escuela porque me dedicaba todo el santo día a ganar y a ganar. A mi madre eso le ponía negra y me regañaba y entonces yo me ponía contento porque sabía que había ganado, una bronca, pero ganado al fin y al cabo, que es lo único que importa.

Recuerdo también que cada vez que me cruzaba con una persona más fuerte que yo, le insultaba con ferocidad, en plan ganador, hasta que me ganaba una paliza. Tras la paliza, me levantaba y, orgulloso, me iba sacando pecho. Como un ganador. Eso me gustaba muchísimo.

También solía hablar de mí mismo en tercera persona, como Davor Suker, que es un ganador ("Suker siempre marca sus veinte-veinticinco golitos").

Quería hacerme mayor cuanto antes para empezar a ganar dinero. Mi sueño era ganar dinero trabajando como ganador. Pero como no encontré ningún trabajo como ganador, me metí a trabajar como ganadero que, tal y como pude comprobar consultando el DG (El Diccionario de los Ganadores), es un sinónimo de ganador. Y a la vez que ganaba dinero, ganaba también experiencia. Vamos, que no paraba de ganar y ganar.

Llegó un momento, a los 23 años, en que temí cansarme de ganar... no en vano, llevaba más de 25 años ganando sin parar. Sin embargo no fue así. ¿Y sabéis por qué? Porque soy un ganadero, y los ganadores (como los ganaderos) no se cansan de ganar.

Así que todavía hoy sigo dedicándome a ganar y ganar. En concreto, en los últimos años me estoy centrando en ganar... peso. Ahora me llaman "El Gordo Ganador".

He dicho!

viernes, junio 15, 2007

CABALLO GRANDE...

A- ¡Esto es el colmo! ¡Yo no sigo más, aquí me quedo!

B- Venga mujer, si ya casi no queda nada...

A- Y una mierda no queda nada... eso mismo me dijiste hace 3 días y mira cómo estamos: seguimos dando vueltas como dos tontos.

B- Te juro que es el mapa, que está mal. Este camino lo he hecho miles de veces con los ojos cerrados...

A- Pues entonces cierra los ojos, a ver si así te aclaras de una puñetera vez.
B- Mira, ¿ves esa puerta de allí, al fondo a la izquierda?

A- Sí.

B- Estoy casi seguro de que es la puerta de mi despacho. Así que si mi memoria no me falla, tenemos que seguir recto unos 700 metros y luego contar hasta 15, girar 45 grados a la sombra, digo, 45 grados a la izquierda arrás, caminar 27 pasos y, en teoría, ya hemos llegado. Anda, vamos...

A- Bueno, pero como te hayas vuelto a equivocar, te juro que...

B- Ya verás como no... ¿ves? ésta es la puerta. Ahora sólo falta decir la contraseña para que se abra. ¿Te acuerdas de cómo era la contraseña?

A- No sé. No recuerdo que se necesitase contraseña...

B- Que sí, mujer, que sí. Era algo en chino. Algo como "Chim-póm", "Porrompopón" o algo así...

A- Deja de tomarme el pelo y abre de una vez.

B- Vale, vale, ya abro, era sólo una broma...

A- Llevamos más de 3 días dando vueltas por la casa para ir desde el comedor hasta el dormitorio para echarnos la típica cabezadita rápida de después de comer ¿y encima me vienes con bromas?

B- Lo sé, lo sé. La verdad es que tienen bemoles estas nuevas soluciones habitacionales de 500km2 que se ha sacado de la manga el Gobierno...

A- Yo prefería las de 20m2.

B- Ya.

A- Anda, vamos a dormir...

jueves, junio 14, 2007

PONGA UNA CORTONA EN SU VIDA

Algunas veces se me va la olla. Pero muchísimo. El otro día, sin ir más lejos, me puse a pensar en las cortinas y en lo poderosas que son. Al fin y al cabo -pensé- son capaces de frenar al mismísimo sol. Y eso que no son más que un trozo de tela colgando. Imagínate si tuviesen músculos o celebro o algo así... ¡lo que serían capaces de hacer las cortinas! Probablemente serían invencibles y viviríamos en un mundo dominado por cortinas que convertirían a los hombres en esclavos... o, aún peor, ¡en esclavos sexuales!. Seguro que más de uno piensa que eso sería imposible. Puede ser, pero aún así, es algo que a mí me preocupa.

Entenderéis, entonces, por qué me entró el pánico cuando leí en un periódico (no gratuito) que había un loco (lo de "loco" lo digo yo) en Cortilandia (no estoy muy seguro de qué es pero estoy seguro de que es un país de la antigua URSS) que había inventado unas cortinas "inteligentes". ¡De verdad, es que hay cada gilipollas suelto por el mundo! ¡Ruso tenía que ser! ¡Y seguro que encima es un rojo-comunista y un homosexual-gay! ¿A quién coño se le ocurre inventar unas cortinas "inteligentes"? ¿Para qué las queremos? ¿Para que nos sometan y nos conviertan en esclavos o, incluso peor, en esclavos sexuales? En fin, que, tras el susto inicial por la noticia, y en cuanto hube superado disgusto, llamé al tipo en cuestión. Encontré su teléfono en la guía de teléfonos... sorprendentemente, Cortilandia está en Alcorcón, dentro de un cortijo (¿Y qué coño pinta un ruso en Alcorcón? me dije). El cortinero-subnormal en cuestión no era ruso sino de Albacete y se llamaba de nombre Periplo (¡¿?!) y de apellido Cortona: "Periplo Cortona, ponga una cortona en su vida", que así rezaba el anuncio, tócate los huevos. La primera llamada no me cogió así que tuve que insistir hasta 4 veces más (en intervalos de a 45 segundos cada uno) hasta que a la quinta me cogió. La conversación fue más o menos así:

Yo (educado) - Buenas tardes.

El otro (encendido) - ¿Cómo que buenas tardes? ¡Son las 4 y media de la mañana!

Yo (compungido) - ¡Ah! Perdone, es que yo vivo en Algete y pensé que con la diferencia horaria allí serían por lo menos las 6 de la tarde. No le habré despertado...

El otro (no comments) - No se preocupe. No pasa nada, no me sentaba mal. ¿En qué puedo ayudarle, amigo? (dramatización incluida por el autor; léase. "¿Que si me ha despertado? ¿Acaso es usted gilipollas? ¿Quién coño es y qué cojones quiere?"... Pues sí que maneja bien la lengua de Cervantes el ruso éste, pensé)

Yo (anodino) - Permítame que me presente. Soy Don Periplo Cortona y llamaba para increparle.

El otro (seguro y curioso) - YO soy Periplo Cortona. ¿Increparme por qué?
Yo (insistente) - Bueno, qué importan los nombres. A lo que iba ¿es usted el que ha inventado unas cortinas "inteligentes"? (aunque estaba casi seguro de que a través del teléfono El otro no podía verme, no pude evitar hacer con los dedos el clásico gesto de las comillas mientras decía "inteligentes"... es que eso me gusta muchísimo hacerlo y siempre que puedo... ¡zas! voy y lo hago...¡zas!. Lo de "¡zas!" también me gusta mucho hacerlo).

El otro (engreído) - Yo no, ha sido mi mujer, pero me estoy apuntando yo el tanto.

Yo (alarmado y violento) - ¿Pero es que son ustedes tontos? ¡¡¡No ven que unas cortinas "inteligentes" (vuelvo a hacer el gesto con los dedos) podrían acabar con el mundo tal y como lo conocemos y... ¡zas! someternos a todos como esclavos o, lo que sería peor, como esclavos sexuales!!! (tras este reproche alarmista procedí a explicar con detalle al sujeto en cuestión mis teorías sobre las cortinas y toda la pesca. En varios momentos no pude evitar hablarle muy, muy despacio como si fuese tonto... hasta que el buen tipo consiguió convencerme de que no era ruso).

El otro (abrumado) - Pero, ¿se puede saber de qué está hablando? ¿qué tienen que ver todas esas chorradas pseudoapocalípticas sobre el fin del mundo y la esclavitud sexual con mis cortonas, digo cortinas (disculpe, es que, como tendrá a bien comprender, con este apellido tiendo a confundirme... supongo que tendría que haber elegido otro negocio)?
Yo (sorprendido) - ¿Como que qué tienen que ver? A ver ¿qué tienen esas cortinas para ser "inteligentes"? (de nuevo el gesto con los dedos)
El otro (avergonzado) - En realidad nada. Es más bien un juego de palabras...

Yo (confundido) - Pues no lo pillo. Me lo explique... el juego de palabras.

El otro (derrotado) - Vale, no insista más. Me ha pillado ¡No hay juego de palabras ni nada! Es una burda mentira para vender más. En inglés lo llaman Marketing.

Yo (lúcido y deductivo) - O sea, que las cortinas no son "inteligentes" (repito el gesto)...

El otro (derrotado y humillado) - Pues no.

Yo (condescendiente) - ¡Ah! Entonces no se preocupe, que no va a ser usted el culpable de que se acabe el mundo.
El otro (aliviado) - ¡Uf! ¡Qué alivio! No sabe usted qué tranquilo me quedo. Muchísimas gracias por llamar, me ha quitado un peso de encima.
Yo (humilde) - No se preocupe hombre. Yo soy un hombre de bien. Acostumbro a hacer el bien a los demás y disfruto con ello. Soy una buena persona. Muy buena. Y encima altruista. Por cierto, ya que estamos, podría regalarme unas cortinas. Para compensarme por el favor, más que nada. Además, me vendrían muy bien porque tengo pocas en casa y las cortinas son lo único que puede protegernos del sol. Sin ellas, el sol destruiría el mundo tal y como lo conocemos y nos convertiría a todos los hombres en esclavos o, lo que sería aún peor, en esclavos sexuales.
El otro (agradecido y entregado) - Eso está hecho, hombre. ¿"Ande" se las envío?
Yo (transparente y revelador) - A la calle Celtronimio, 456 - Cortijo nº 9 - Alcorcón 28709 Madrid.
El otro (extrañado) - ¿Cómo? Pero si yo vivo allí mismo, en el Cortijo nº 9...
Yo (mosca) - ¿Izquierda o derecha?

El otro (rápido) - Centro, que es lo que se lleva ahora.

Yo (suspicaz) - No mienta, YO vivo en el Cortijo 9 - Centro. De hecho ahora mismo estoy aquí, en la cocina, hablando por teléfono.
El otro (estupefacto) - ¡No jooooodas! Si yo también estoy en la cocina hablando por teléfono...
Yo (indagador) - Vamos a ver, ¿cómo se llama usted?

El otro (prudente) - "Periplo Cortona, ponga una cortona inteligente en su vida", para servirle.
Yo (asertivo) - Igual que yo...
El otro (sin dar crédito) - Esto es raro, raro, raro...

Yo (razonando) - Y usted que lo diga. ¿A ver si va a resultar que somos la misma persona...
El otro (comprendiendo) - ... y está usted hablando conmigo mismo?

Yo (sagaz y triunfal) - ¡Exacto!

El otro (divertido) - Moooola, ¿que no? Es casi mágico-trágico.

Yo (impaciente) - Sí, sí, lo que usted diga. Pero bueno, en cualquier caso, usted limítese a mandarme las cortinas tal y como hemos quedado... y déjese ya de rollos, que quiero dormir, que aquí en Alcorcón es ya tardísimo.
El otro (culpable) - De acuerdo. Lo siento. Buenas noches y que usted descanse bien.
Yo (cortante) - Eso, eso, buenas tardes. Ah, y por cierto...
El otro (expectante) - ¿Qué?
Yo (exigente) - Las cortinas que me mande, que sean de esas "inteligentes"... (insisto una vez más con el gesto)

Como veis, al final resultó que estaba hablando conmigo mismo (bueno, aunque en realidad yo no me llamo Periplo Cortona sino Engrudo Sinatro). Y lo peor de todo es que ya ha pasado más de un mes de todo aquello y todavía no he recibido las dichosas cortinas. Con las ganas que tengo de probarlas esas cortinas "inteligentes" (sí, estoy haciendo el gesto otra vez)...

En fin, amigos, que como ya os dije, algunas veces se me va la olla. Muchísimo. Sobre todo con el tema de las cortonas, perdón, cortinas...

He dicho!

DIFÍCIL DIAGNÓSTICO

Hubo un día, hace ya bastante tiempo, que me levanté de la cama sin poder levantarme. Me caía y me levantaba y a veces me levantaba sin haberme caído. Era todo muy raro y por momentos me asusté. Mucho. Pasados unos minutos, empecé a oir voces dentro de mí. Como es lógico, lo primero que pensé fue que estaba embarazado ("¡Malditos condones reutilizables!"). Pero descarté la idea en cuanto recordé que era más puro y virgen que alguien que no la haya metido en caliente en su vida. Sea como fuere, el caso es que la voz seguía ahí y yo, más tranquilo tras descartar el embarazo, me puse a hablar con mi propia voz interior. Yo hablaba para fuera, como acostumbro, pero la voz me dijo que no me oía así que empecé a hablar para adentro. Es cosa incómoda lo de hablar para adentro, pero mola. A mí siempre me han molado este tipo de chorradas. Supongo que será por eso que la gente dice que soy un "chorras". Por eso o por mi chorra. No lo sé.

El caso es que seguí caminando. A duras penas, más que nada porque todos los síntomas que habían ido apareciendo a lo largo del día continuaban allí, acumulándose y manifestándose al unísono, de manera que empezaba a parecerme peligrosamente a la pizarra de Gregoy House. Y eso que sólo eran las 10.30 am. En total que iba por la calle cayéndome, levantándome (no necesariamente en ese orden), hablando para adentro y, en definitiva, dando un espectáculo tragicómico dgno de verse y despertando todo tipo de reacciones entre los viandantes: unos se asustaban y huían despavoridos, otros parecían molestos y/o asqueados y otros se mostraban azorados (a nivel vergüenza ajena... que yo sentía como propia). La tónica común, sin embargo, era el lanzamiento de cantidades diversas de dinero: la gente parecía disfrutar tanto con lo cómico de mi aspecto y modo de actuar que una súbita generosidad invadióles como por arte de birli-birloque y, con una alegría inexplicable para cualquier persona sensata que, como yo, sienta un irremediable e irracional apego por el vil metal, dedicaron varios minutos de su tiempo a lanzarme sus dineros, monedas y billetes. Aquello no me hizo rico, no, mas con el dinero recaudado pude acercarme dando gritos (nuevo síntoma) hasta un herbolario no cercano para, previo pago, adquirir en propiedad un bálsamo a base de otros bálsamos. El bálsamo en cuestión se llamaba "Mejunje" así que yo lo pedí exactamente así: "Deme cuarto y mitad de Mejunje, hágame el favor, señorita boticaria". La verdad es que el que atendía en el herbolario era un negro de 2x2x2 (el último 2, probablemente de rabo), pero a los dependientes de herbolario siempre acostumbro a llamarles "señorita boticaria". No puedo evitarlo. Me encanta además que me digan "Espere, que voy a mirar en la rebotica" y, si no me lo dicen, les sigo pidiendo más productos hasta acertar con alguno que tengan que ir a buscar a la rebotica...

Me tomé el Mejunje y me sentí mucho, pero que mucho mejor, la verdad. Aún así, mis síntomas seguían agravándose (ahora me paraba en todos -y cuando digo todos, quiero decir absolutamente todos- los escaparates y, en uno de cada dos, entraba a preguntar si aquello era un taller de motos llevándome un disgusto tremendo cuando me decían que no y, sobre todo, cuando me decían que sí). Así que decidí ir a ver a Doctor. Doctor es un amigo mío que conoce muchísimo sobre el cuerpo humano. Le pregunté que cuál creía que era el mal que mi cuerpo estaba invadiendo. En un primer momento sospechó del lupus pero lo descartó porque eran ya pasadas las 14h y según dijo, es raro que el lupus te ataque justo antes de comer. Descartado el lupus, pues, el único diagnóstico posible que explicaba todos mis síntomas era la muerte. Según mi amigo Doctor, la muerte es una afección bastante común que, habitualmente, hace que te mueras. La certeza sobre mi propia muerte no me inmutó porque soy un tío que siempre ha sentido un gran desprecio por su vida y que no ha dudado ni un minuto en arriesgarla cuando no era menester. Y, si no me creen, den un repaso a mis hazañas...

En fin, que, como casi siempre, Doctor tenía razón y un buen día me morí. Y recuerdo que cuando me morí, me convertí en el color gris. Pero esa es otra historia...

He dicho!

viernes, junio 08, 2007

AYUDAR A UN EXTRAÑO

- Señor, ¿le importaría acercarse un momento? Necesito su ayuda.

- ¿Qué quiere?

- Necesito su ayuda.

- Eso ya me lo ha dicho.

- Ah, perdón. Pensé que no me había escuchado bien. Como se me ha acercado...

- Me he acercado porque usted me lo ha pedido.

- Es verdad, ¡qué tonto! (autogolpeo en la frente). ¿En qué puedo ayudarle?

- Querrá decir que en qué puedo ayudarle yo.

- ¿Qué?

- ¿Que qué necesita?

- Yo nada. ¿Le importaría apartarse un poco? Me está agobiando.

- Claro, no faltaba más.

- Veo que cojea al andar. ¿Es que acaso padece algún tipo de alergia?

- No cojeo. Es el suelo, que está más hondo cuando piso con la derecha. ¿Pero qué tiene que ver la cojera con la alergia?

- Uy, muchísimo. Fíjese que yo nunca he sido alérgico a nada y nunca he cojeado. No soy médico, pero algo tendrá que ver, digo yo.

- Veo su punto, pero no me convence. Yo soy más de cojear independientemente de las alergias.

- Ah, pero ¿cojea usted? No me había dado cuenta.

- No, no cojeo. Era sólo una forma de hablar.

- ¿Habla usted cojeando?

- Sí.

- Acérquese más, que no le oigo. Es que tengo una alergia terrible en las orejas. Me trae por la calle de la amargura, oiga, si me permite la expresión.

- Pensé que nunca había tenido alergia.

- ¿Y por qué pensó eso? ¿Acaso suele pensar usted en mí?

- Pues porque me lo acaba de decir usted mismo. Y que sepa que yo no pienso en usted sino en sus alergias. Y sólo a veces.

- De acuerdo. ¿Tiene hora?

- Sí.

- Bueno es saberlo. Si alguna vez necesito saber la hora se la preguntaré a usted.

- Y yo estaré encantado dársela.

- ¿Darme el qué?

- Pues qué va a ser, la hora.

- Oiga, no le escucho nada bien. ¿Podría alejarse un poco y hablar más alto?

- ¿Más alto de altura o de tono de voz?

- Con el tono de voz basta, pero si quiere también ponerse más alto, haga lo que quiera. Eso sí, siempre que no supere el umbral.

- ¿Qué umbral?

- Pues ¿cuál va a ser? El umbral…¡el umbral! ¿Acaso conoce más de un umbral?

- La verdad es que no.

- Pues eso. Por cierto, le veo a usted más alto...

- Es que me he subido aquí para poder hablarle más alto. ¿Le parece mal?

- No, no, me parece estupendo... es sólo que me da un poco de envidia.

- ¿Envidia por qué?

- Pues no sé. Porque le veo a usted como henchido de gozo.

- No sé por qué dice usted eso. No es verdad.

- No hace falta que grite. Ande, bájese de ahí y hable más bajo que me va a volver loco.

- ¡Loco lo será usted, caballero!

- ¿Quién es más loco: el loco o el que sigue al loco?

- ¿Es un acertijo? Espere, espere, no me lo diga, que creo que ése me lo sé...

- No es un acertijo, loco. Es una forma de hablar. Una especie de frase hecha.

- ¿Hecha por quién?

- Ahora mismo por mí. Aunque creo que la frase original la inventó un suizo.

- ¡Es cierto! Creo que llegué a conocerlo. Se llamaba Sam o Estruggle o algo así, ¿verdad?

- No lo sé. La verdad es que me estaba tirando un farol con lo del suizo...

- No me diga más, y yo he picado como un tonto, ¿no? ¡Ja, ja, ja!

- ¡Más que como un tonto, yo diría que como un suizo! ¡Ja, ja, ja!

- ¡Coño! ¿Se ha dado cuenta de que tenemos exactamente la misma risa?

- No, no me había dado cuenta. Pero no es de extrañar. A mí eso me pasa con muchísima gente.

- Pues qué curioso.

- Oiga, me va usted a disculpar, pero tengo mucha prisa y he de irme.

- Ningún problema, amigo.

- Hasta otra entonces.

- Eso, eso, adiós.

- ¿Podría hacerme un favor antes de irse?

- ¿Qué?

- Que si podría hacerme un último favor.

- Ya le he oido. Digo que qué favor.

- ¿Podría decirle a aquella persona de allí que se acerque, que necesito su ayuda?

…supongo que ya os imagináis como sigue el resto.