Hermano mayor
Vuestro amigo Antípodo siempre había creído ser el benjamín de la familia. Así es, amigos: he de confesaros que siempre soñé con que mis seguidores me llamasen Antípodo “El Benjamín”… Pero nunca lo logré. Y ahora sé por qué. Y para descubrirlo he tenido que irme lejos. Muy lejos. A Calcuta.
Me fui allí con la idea de visitar a mi hermana mayor. Mi única hermana. Y me volví con treinta hermanas nuevas. Ni una menos. Ni una más. Y, para más inri, todas menores que yo. “Con razón nadie me llama El Bejamín”, pensé acertadamente.
Pues eso, que mi hermana mayor me dijo, así como quien no quiere la cosa, que la acompañase al trabajo: una casita de acogida de niñas en Howrah, uno de los barrios más pobres de Calcuta (algo que no tiene poco mérito siendo Calcuta la ciudad donde se inventó la pobreza).
En fin, que llegamos a la casita. Sudando como pollos, eso sí. Y es que si hay algo en Calcuta que supera su pobreza es, sin duda, el calor. Abrimos la puerta, entramos en la casa y nos topamos, frente a frente, con treinta niñas que, no sólo sabían mi nombre (tengo sospechas -no probadas- de que mi hermana mayor algo tuvo que ver en ello) sino que habían decidido firmemente no utilizarlo. En su lugar, se empeñaban en llamarme continuamente “Dada”, palabra que siempre acompañaban con una gigantesca sonrisa.
“Dada”, os sorprenda o no, no es palabra española. Es hindi. Y no significa “Antípodo” como, a buen seguro, todos habréis pensado. “Dada” significa “hermano mayor”. Igual que “Didi” significa “hermana mayor”. Así que ése era yo: el hermano mayor de treinta niñas indias. En un pis-pas, pues, se habían esfumado todas mis esperanzas de ser El Benjamín. Disgustazo, claro.
Luego las observé. Todas eran morenas. Las había más altas y más bajas, con la piel más clara o más oscura. Pero todas ellas eran muy guapas. Y parecían listas. Era evidente, pues, que eran mis hermanas: habían salido a mí (salvo por mi ausente cabellera, claro).
Eso sí, no me preguntéis sus nombres. No me los sé. Al menos no todos. Me sé el de Rinki, el de Pinki (la mayor), el de la otra Pinki (la pequeña), el de Sonia, el de Prianka, el de Mary Prianka, el de Susmita, el de Achmira, el de Nasima, el de Medleen, el de Soroch, el de Alisha, el de Shondona, el de Nilú, el de Cristina… Y ya no me sé más. Y encima los escribo mal. Cuesta acordarse de todos los nombres porque, aunque son mis hermanas, son muchas y tienen nombres raros. Raros pero bonitos. No como ellas, que son simplemente bonitas.
De repente caí en la cuenta de que me había perdido todos los cumpleaños de mis hermanas pequeñas. Para compensarlas, les regale dos balones de baloncesto. Y así empecé a conocerlas un poco más. Me di cuenta, por ejemplo, de lo divertido que es jugar al baloncesto con Rinki, aunque aún le quede mucho para poder ganar a su hermano mayor. Y me di cuenta de lo bien que bailan Mary Prianka, Pinki (la pequeña), Shondona o Soroch. Y de lo bien que salta a la comba Susmita. Y de lo buena que es Pinki (la mayor). Y de lo tierna que es Achmira. Y de lo graciosa que es Medleen. Y así me llegué a dar cuenta de hasta treinta cosas distintas.
En un momento dado pensé en preguntarles si eran felices. No hizo falta. No se puede sonreír así si no se es feliz.
Y todo esto en tan sólo cuatro días con mis recién estrenadas hermanas. Después de eso, me tuve que ir. Disgustazo (ahora de verdad). Si lo llego a saber, me quedo allí toda la vida.
Al salir, miré el cartel de la casa donde aparece el nombre escrito: ANAND BHAVAN (“La Casa de la Alegría”). “Es un nombre bonito”, pensé, “aunque muy poco original: se han limitado a decir lo que hay dentro”.
Y así fue como, en sólo cuatro días, vuestro queridísimo Antípodo pasó de ser el hermano pequeño de la mejor hermana mayor del mundo a ser el hermano mayor de las treinta niñas más guapas y felices de toda Calcuta.
¡Gracias a mis treinta hermanitas pequeñas por cuatro días geniales! Espero que sean muchos más…
¡Y gracias a mi única hermana mayor por treinta años también geniales! Tú sí que eres DIDI de verdad. Envidia me das.
He dicho!
P.S. ¡Enhorabuena a Antonio y a Un Ladrillo en Calcuta por haberlo hecho posible! ¡Ojalá sigáis mucho tiempo!
