Estar ausente
A ver, que alguien me lo explique. ¿Cómo coño se puede estar ausente? ¡Menuda contradicción! Si la ausencia es el no estar, y el estar es precisamente eso, estar, es imposible estar ausente. Salvo que poseas el don de la ubicuidad. Y lo sepas utilizar. Ojo, que un don que no se sabe utilizar puede convertirse en todo lo contrario: en un anti-don. O, peor aún: en un pecado (no mortal). Todo este rodeo, amigos, me permite llegar al tema al que yo quería llegar: la diferencia entre virtud y don. Cojamos la ubicuidad, por ejemplo: ¿es un don o una virtud? La diferencia no está clara y, lo que es más, no seré yo quien os la aclare. Simplemente ahí lo dejo. Para que os comáis la cabeza y os jodáis.
Yo soy una de los pocas personas que posee la virtud de la ubicuidad. Es más, me jacto de ello. Este don me permite estar ausente. Pensaréis que la ubicuidad es contradictoria con la ausencia. Pues depende. Sí y no. Yo, por ejemplo, muchas veces estoy sin estar, o vivo en un sinivivir, o incluso amanezco que no es poco. Y así podría seguir con una retahíla de contradicciones. Porque eso es lo que mi vida es: una sucesión de contradicciones.
Yo poseo virtudes y dones a partes iguales. Y es que los defectos y los anti-dones abandonaron mi cuerpo tiempo ha, dejando tras de sí una persona humana -yo- perfecta. Un cúmulo de dones y virtudes, de virtudes y dones armoniosamente conjuntados. Y así es como he llegado a ser como soy: perfecto. En grado sumo. Tanto, que doy hasta asco. Ése es mi poder. Incluso he convertido en vurtud un defecto como es la vanidad. Ahora sólo visto de Emidio Tucci. Soy un vanidoso. No digo más.
He dicho!
