Hay que saludase!

miércoles, abril 11, 2007

TEMPUS, TEMPORIS

Hace un tiempo se me ocurrió un negocio. Se trataba de vender tiempo. Para ello, construí una máquina del tiempo que, a diferencia de las máquinas de las películas, no servía para viajar en el tiempo sino para fabricarlo. No hacía más que oir a todo el mundo quejarse continuamente de que les faltaba el tiempo, así que pensé que la demanda estaría prácticamente asegurada. Y así fue. Al menos al principio. La gente compraba el tiempo que yo fabricaba y conseguía así que sus días durasen 25, 30 o las horas que hiciese falta. Incluso hubo una vez un tipo que compró tanto tiempo que su día duró más de 4 años. Y es que, el único problema que tenía mi máquina es que el tiempo que fabricaba debía gastarse en el mismo día en que se compraba.

Supongo que os preguntaréis cómo podía ser que hubiera personas para las que un mismo día tuviese más horas que para otras o si eso no podría provocar algún tipo de colapso en el espacio-tiempo o algo así. Yo también me hice esas mismas preguntas. Y aún hoy soy incapaz de responderlas. Sin embargo, todo funcionaba.

Fabricaba tiempo de todas clases: tiempo para descansar, tiempo para leer, para irse de vacaciones, tiempo para estudiar, tiempo para ver a los familiares lejanos, tiempo para trabajar... Incluso fabricaba tiempo para no hacer nada. Y sorprendentemente este último era de los que más se vendían.

Sin embargo, pasado un tiempo sucedió algo: la gente que compraba tiempo comenzó a dejar de utilizarlo; así que dejó de comprarlo. Y tanto fue así que en un momento dado decidí regalar el tiempo que con mi máquina fabricaba. Y, sin embargo, la gente seguía sin querer el tiempo que yo les ofrecía. Se dio así la paradoja de gente a la que, aún teniendo a su alcance todo el tiempo que pudiera desear, no le daba tiempo a hacer todo lo que quería.

Se me ocurrió entonces construir otra máquina que, en lugar de fabricarlo, reciclase el tiempo que la gente desperdiciaba. Tampoco funcionó, de modo que me vi obligado a cerrar el negocio y aún hoy mi máquina descansa en el sótano, condenada a ver pasar el tiempo en lugar de fabricarlo. Mientras tanto, fuera, en la calle, a la gente le vuelve a faltar el tiempo. Todo volvía a ser igual que antes.

Concluí entonces que lo que de verdad necesita la gente no es más tiempo, sino precisamente lo contrario: la falta de tiempo. Porque al darle a alguien el tiempo que necesita, el tiempo que reclama, le estás quitando a la vez algo a lo que no está dispuesto a renunciar: una excusa perfecta para no hacer las cosas.

Así que, de ahora en adelante, si escucháis a alguien quejarse por la falta de tiempo, no le hagáis caso. Es mentira.

martes, abril 10, 2007

DE COLORES

Una vez me morí. Morirse es raro, pero a veces hay que hacerlo. Recuerdo que cuando me morí, me convertí en el color gris. O eso creo, porque cuando miré hacia un lado lo vi todo negro y cuando miré hacia el otro (lado) estaba todo blanco. Hay gente que dice que entre el negro y el blanco hay muchas gamas de grises; pero no es verdad porque entre el negro y el blanco sólo estaba yo y yo soy un tipo sin gamas y sin dobleces. Y quien diga otra cosa, miente.

Me puse a caminar, paseando por un universo paralelo lleno de colores y de números. Los números me gustan. Siempre me han gustado, porque son tipos sin dobleces. Como yo cuando me morí y me convertí en el color gris. Por pura curiosidad, pregunté si había por allí alguna persona, y me dijeron que sí, que había un hombre que vivía en casa del color verde. Sin embargo, aunque oí hablar de él varias veces más desde entonces, yo nunca le llegué a ver. Se llamaba Hill, Benny Hill.

Al principio, me extrañó no encontrar letras, pero tampoco me importó mucho, sobre todo cuando me enteré (me lo dijo el número 0,4) de que las letras, al parecer, son por lo general bastante hijas de puta. Yo, sin embargo, soy un tipo sin dobleces. Supongo que fue por eso que me convertí en un color y no en una letra.

Los colores somos o cuadrados o redondos pero todos somos de tamaño DIN A3. Y tenemos brazos y piernas, ojos y boca, como todo el mundo. Lo único que no tenemos es pene. Ni pene ni ningún otro órgano sexual alternativo porque en el mundo de los colores el sexo se considera una ordinariez y está prohibidísimo. Pero, a pesar de la ausencia de sexo, no nos faltaban formas de darnos gusto. Precisamente de ahí viene lo de "para gustos, los colores. Esa frase la inventé yo.

Al contrario de lo que la gente cree, el color gris no es triste. Más bien al contrario. De hecho, yo era la alegría de la huerta y la juerga hecha color. Fue por este motivo precisamente que me pusieron un mote: "La Alegría de la Huerta". Yo les dije que era un poco largo para ser un mote, pero como a todos les gustaba muchísimo llamarme así lo dejé estar.

Recuerdo que un día, cuando pasaba por delante de un grupillo (no sé exactamente qué eran, pero no eran ni colores, ni números ni letras; creo que eran caracteres cirílicos), hubo un par de graciosillos que me gritaron "¡Triste, que eres un triste!". Al oírlo se me erizaron los pelillos de los brazos de lo enfadado que me puse, así que me di la vuelta y les increpé. A modo de excusa (barata) me dijeron que en su casa, de toda la vida, de las personas así como tristonas se decía que eran personas grises. Ante semejante soplapollez, opté por aplicar su misma lógica y razonamiento, de modo que, como en los buenos tiempos de Franco y al grito de "¡Qué vienen los grises!", cargué porra en mano (nunca salía de casa sin mi porra) contra los dos graciosillos y les propiné una paliza de aúpa. Y después de eso me fui tan pancho. He de reconocer que yo no había vivido en la época del Generalísimo ni sabía muy bien qué eran los grises, pero el caso es que a mí desde pequeñito siempre me ha gustado dar hostias como panes y para mí cualquier excusa era buena.

Después de aquello me sentí mucho mejor (la violencia es lo que tiene) y a partir de ese momento empezó una de las etapas más felices de mi vida. Hice muy buenas migas con el color blanco roto, que me contó que antes de morirse había sido una mujer cuyo principal logro había sido hacer de la virginidad virtud sin dejar por ello de ser una guarrona de tomo y lomo. Blanco roto me hacía mucho de reír y a mí me gustaba muchísimo escuchar sus anécdotas. Creo que blanco roto me caía tan bien porque era un tipo sin dobleces; igual que yo.

De vez en cuando blanco roto y yo nos uníamos con el número 73 y con el número 21 que era el típico tonto que siempre conviene tener a mano para poder reírte de él y darle collejas (flojitas, eso sí, para no hacerle daño y ahuyentarle). Además, al número 21 le gustaba recoger nuestros balones, algo que era muy cómodo y nos venía muy bien. También solíamos tomarle mucho el pelo al color rojo. Eso nos divertía un montonazo porque entonces el pobre color rojo se ponía todo rojo de furia, con lo que al final se quedaba igual y nosotros nos reíamos muchísimo.

También tuve un romance. Ella era una buena moza de color; de color azul. Se llamaba Color Azul. Y es que los humanos están muy equivocados porque el color azul en realidad es una chica. El romance duró varias horas y acabé extenuado porque el azul es un color triste y cansino. Además, un día pasó lo peor que podía haber pasado: descubrí que Color Azul tenía... un doblez. Como ya sabéis, yo soy un tipo sin dobleces así que tuve que dejar a Color Azul ipso facto y la cosa acabó como el rosario de la aurora y con Color Azul con un cabreo de no te menees. Tras la mala experiencia decidí renunciar al mundo de las relaciones, algo que no me costó demasiado porque, como ya he mencionado en alguna ocasión, los colores no tenemos pene.

Y así es como, en definitiva, echaba las tardes en el mundo de los colores y los números. Siempre a tope.

Como veis, amigos, la vida de los colores es mejor que la de las personas. Mucho mejor.

Y hasta aquí puedo leer...

He dicho!

CAÍDA... ¿LIBRE?

La caída libre es un deporte. De riesgo, pero deporte. Consiste en tirarte desde algún sitio y dejarte caer libremente. La muerte es segura, pero ahí precisamente es donde está la gracia.

De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda la caída libre con paracaídas. Y yo digo ¿qué tiene entonces de libre la caída?

Vosotros haced lo que queráis, pero yo me sigo quedando con la caída libre pura. Sin paracaídas y con un par de huevos. Así es como se hacen las cosas. Así sí.

¡SIEMPRE A TOPE!

COMERSE UN OSO

- ¡No me jodas, Pepe! ¿No ves que estoy comiendo?

- Pero es que esto es importante, papá.

- A ver, ¿qué demonios pasa?.

- Hay un malandrín en mi cuarto.

- Imposible. Los malandrines dejaron de existir a principios del siglo pasado, cuando la palabra cayó en desuso.

- Bueno, pues no será un malandrín, pero algo hay.

- Pues primero averiguas lo que es y luego vienes y me lo cuentas.

- Papá

- ¿Qué?

- Ya sé lo que es.

- ¿El qué?

- Lo que hay en mi cuarto.

- Ya lo sé. Digo que el qué es.

- ¡Ah! Es un oso.

- Entonces no preocuparsen. Los osos son algo normal en esta época. ¿No ves que estamos en otoño?

- ¿Me lo puedo comer?

- No.

- ¿Por qué?

- Bueno, si quieres inténtalo.

- Papá.

- ¿Qué?

- ¿Cómo se come un oso?

- Igual que las chirimoyas pero sin pepitas.

- ¿Seguro?

- No, era una broma. Anda, vete a dormir y deja ya de dar por culo.

- Vale.