Hay que saludase!

lunes, diciembre 04, 2006

Cuando salí de Cuba

Lo siento, señores, pero este artículo no tiene relación ninguna ni con Cuba ni con salir ni con su puta madre. El título lo he puesto (1) para despistar y confundir (ambas cosas a la vez); (2) para captar vuestra atención (sobre todo la de Perry); y (3) porque no sabía cómo “entitularlo”.

Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que este cura no es mi padre, os voy a contar un sueño que nunca he tenido pero que siempre me habría gustado tener. Sé que todo esto es un lío, pero seguid leyendo, amigos míos, que mola bastante.

Pues bien, en este no-sueño del que quiero hablaros, yo derribaba edificios con la mente y los sustituía con mi sola voluntad por árboles frutales de distinto tipo (ciruelos, avellanos, peros, melocotonos, mandarinos, uvos, sandíos, etc.) con los que construir un mundo verde y ecológico en el que hasta la Abeja Maya y el Señor Topo de Los Simpsons pudieran ser felices. ¡Que no, que es broma! ¡Que mi no-sueño no va de eso! Bueno, un poco sí…

En realidad, el no-sueño trata de un superhéroe (yo) con inquietudes artísticas sobrenaturales pero con una ausencia de talento más sobrenatural aún si cabe. La frustración, obviamente, era mi sino y mi destino. Y este destino, que ahogaba mi alma y acogotaba cualquier lucidez de pensamiento, me hacía débil frente a mi archiodiado enemigo: el Profesor Propopó. El Profesor Propopó, que tiene su origen en el mundo del cómic, además de ser muy feo, tenía un antojo en la frente con la forma de los Cárpatos, como Gorbachov, pero un poco más pequeño (el antojo). Pero era listo, el “condenao” y con sus trucos y pociones, con sus chinches y berrinches, me traía por la calle de la amargura y me hacía mucho de rabiar. Mi amigo Sub, que conoce bien al Profesor, sabe bien de lo que hablo ¿verdad que sí, Sub?

A lo que íbamos. El Profesor Propopó, muy pillo él, siempre quiso acabar conmigo y con mi vida, y no fue con otro propósito que un día se abalanzó sobre mí blandiendo un trozo de criptonita en frente de mis narices. Yo, en tono cansino, le dije: “Pero Profesor, ¿cuántas veces le voy a tener que repetir que NO SOY SUPERMAN?” (supongo que os habéis percatado de que le trataba de usted, pues el archienemigo de cualquier superhéroe que se precie merece el máximo de los respetos). Al pobrecillo Profesor Propopó, aquello le sentó como un tiro. A mí me dio un poco de pena, la verdad. De hecho, yo no suelo ser tan cruel pero es que el Profesor me tenía ya un poco hasta los cojones con todo el rollo de la criptonita, que me lo hacía todos (repito TODOS) los días, sin excepción (repito, SIN EXCEPCIÓN) a las 4.30 a.m., hora local (repito, 4.30 A.M., HORA LOCAL). Y es que el final uno se acaba quemando y, claro, salta. Una de las veces que me hizo lo de la criptonita (que, por cierto, no era criptonita ni ná, sino un Gusiluz del año de la tana) consiguió que me empezase a encontrar mal, mal y me asusté un poco, hasta que me di cuenta de que se trataba sólo de un efecto “placebo psicoprosaico” de esos. ¡Y es que la mente le juega más malas pasadas al cuerpo humano! Ahora me río, pero entonces lo pasé fatal.

La verdad es que al Profesor siempre lo he recordado con cariño. Hemos librado batallas muy, muy bonitas; casi épicas. Yo siempre ganaba, porque, al fin y al cabo, se trataba de mi no-sueño.

Me acuerdo que en una de esas batallas estábamos los dos tirados en el suelo pataleando y tirándonos del pelo como si fuesemos -no me importa reconocerlo- un par de nenazas, cuando llegó un dragón. Como el dragón era milenario (como todos los dragones), ese buen Profesor Propopó, que, la verdad, no sé qué se había tomado, tras zafarse de mí con sorprendente facilidad, se incorporó y empezó a gritar no sé qué de que el milenarismo iba a llegar o algo parecido. No sé, era todo raro, raro, raro, pero me dije que en los no-sueños, al igual que en los sueños, todo es posible. Por eso los sueños (y los no-sueños) son mágicos; si no, no serían no-sueños, ni sueños, ni mágicos, ni nada y molarían mucho menos. Porque este no-sueño mola bastante, ¿verdad? En total, que aquella batalla acabó con una victoria aplastante por mi parte porque Propopó se retiró. Y sobre el dragón sólo recuerdo que, igual que vino se fue, es decir, sin ton ni son, y que ya no lo he vuelto a ver más. No es que le eche de menos, pero me quedé con la intriga de saber qué fue de él... al fin y al cabo, me había ayudado a vencer a mi archienemigo.

Pero la vida de un superhéroe, aunque está bien, no es fácil, porque las responsabilidades pesan y la conciencia aprieta y restrinje tu libre albedrío. Y eso no es del todo bueno. Al menos no siempre.

Yo una vez (esto ya en la realidad, no en el no-sueño) tuve libre albedrío y, lo que es más, lo ejercí. Como no podía ser de otra forma, monté un lío muy gordo. Pepo estaba allí y, como siempre que hay un lío gordo, contribuyó de forma importante. Como los dos íbamos muy drogados, no me acuerdo de casi nada, pero lo que sí recuerdo es que había fuego, contenedores y otras cosas relacionadas con el vandalismo urbano (que no rural).

Como véis, la realidad siempre supera a la ficción, los no-sueños a los sueños y los sueños a la realidad. ¿Capito?

Y así, amigos míos, es como vuestro querido Antípodo salió de Cuba.

He dicho!

viernes, diciembre 01, 2006

Mi húmeda morada

Durante un año y medio viví en una cueva. Poca gente lo sabe; yo diría más: mucha gente lo ignora o, directamente, lo obvia. ¡La gente hace unas chorradas!. Mi cueva era bonita, probablemente la más bonita del mundo. Pero estaba llena de agua. Y fue así, a la fuerza, como aprendí a flotar primero y a nadar después. Como a casi todos los que han vivido alguna vez en una cueva, me gustaba más flotar boca abajo que boca arriba. Probablemente fue por esta razón que un día sucedió que me ahogué, produciéndoseme la muerte (instantánea). Nada grave, en cualquier caso, porque yo, que estoy muy por encima de la vida y la muerte, me autoresurreccioné en un espacio de tiempo muy, muy breve.

Mi cueva, (a la que yo llamaba “Mi Húmeda Morada”) estaba sita en la costa manchega, cerca de Cercedilla. Había osos de mar a los que, cariñosamente, yo llamaba “osos de mar”. No sé si los habéis visto alguna vez. Son muy monos. Son como los osos, pero de mar, y cuando alguna vez se les sube un grillo en el lomo, son capaces de hacer un sonido con el lomo casi idéntico al de los grillos. Es curiosísimo, en serio. Os he hecho un dibujo de un oso de mar para que os hagáis una idea de cómo son (creo que me ha quedado bastante bien):

También había peces, todos ellos muy grandes, casi enormes. Al principio me daban un poco de miedito (los peces), pero luego me integré. Les contaba chistes y les encantaban, aunque nunca se reían, porque los peces no se pueden reír, pero no pasaba nada, a mí no me sentaba mal. Había uno que les gustaba a todos muchísimo, sospecho que porque juega con el doble sentido de las palabras y además es de peces. Dice así: se encuentran dos peces y, en un momento de la conversación, uno de ellos le pregunta al otro “¿Y tu padre qué hace?” y el otro le responde “Nada”. Así se termina el chiste. Así escrito tiene también mucha gracia, pero contado de viva voz te da mucho más la risa. La verdad es que yo lo contaba muy bien. Unas veces imitaba a Eugenio y otras veces a Chiquito. A tobos les gustaba más Chiquito. Bueno, a tobos menos a uno que era gilipollas. Se llamaba Pez.

Una vez se pelearon un pez y un oso de mar. Yo iba con el oso (de mar). No porque me cayese mejor, sino porque tenía toda la razón. La movida empezó porque el pez (que también se llamaba Pez, igual que el que era gilipollas, pero distinto) insultó con muy mala idea al oso de mar llamándole “oso no de mar” con bastante retintín. Como es natural, al oso de mar (que se llamaba Oso Maroso) aquello le sentó fatal y se fue a por Pez. Oso Maroso se lió a darle pellizcos a Pez, pero Pez ni se inmutaba porque entre que Oso Maroso tenía las zarpas (las de Oso Maroso) llenas de aletas y que Pez tenía la piel (la de Pez, no el gilipollas, sino el insultador) así toda mojada y resbaladiza, los pellizcos de Oso Maroso nunca hicieron mella en el cuerpo de Pez. En total, que al final les separamos y la cosa no pasó a mayores. De hecho, ahora Oso Maroso y Pez son supercolegas, así, como lo oís. Esta anécdota es muy divertida; yo siempre que me acuerdo me empiezo a reír y a reír con unas risotadas que son tremendas. Y como ésta, os podría contaros anécdotas a cascoporro… pero no lo voy a hacer.

Una de las mejores cosas que tenía mi cueva era que no me costaba nada; simplemente un día, al despertar, aparecí allí, y allí me quedé: ni papeleos, ni alquileres ni nada, oiga. Echaba las tardes haciéndome largos en mi cueva. Competía contra mí mismo, para poder saborear siempre tanto la victoria como la derrota, no como Kasparov, que es un hijo de puta. Así sucedió que, cuando finalmente decidí dejar la cueva, tenía las manos y los pies tan arrugados que me recordaban a las típicas cosas que están muy arrugadas.

Como podéis ver, mi vida en la cueva era muy sencilla pero yo disfrutaba como pez en el agua. Después de mi paso por la cueva, me fui a vivir a un nido de codorniz, en una rama de un eucalipto. Pero esa es otra historia…

MORALEJA: Yo lo tengo clarinete: si pudiera elegir un sitio para vivir, me quedo con Mi Húmeda Morada. Lo malo es que mi cueva ya no existe más. La destruí antes de que ella me destruyera a mí.

He dicho!